José Manuel Aguilar
2012, Mexico
Plataforma biotecnológica para obtener vacunas de forma más rápida y económica
Biotechnology

El 11 de junio de 2009, la Organización Mundial de la Salud anunciaba el inicio de una pandemia de gripe A, causada por un nuevo virus H1N1 de origen animal, cuyo primer brote epidémico se había propagado ya por todo el mundo.
Los anticuerpos que fabricaba el organismo humano no parecían proteger contra este virus, diferente de los subtipos estacionales que circulaban desde hacía décadas. Ante el estado de alarma generalizado, se desató la urgencia de diseñar y fabricar una vacuna específica que detuviese el goteo de muertes (que en 14 meses llegaron a ser al menos 18.500) y de nuevas infecciones causadas por la nueva variante.
Mientras tanto, en México, José Manuel Aguilar, un joven biólogo molecular doctorado en el Instituto Tecnológico de Monterrey conseguía montar en 3 días uno de los primeros laboratorios de análisis para diagnosticar pacientes sospechosos de portar el nuevo virus. “Diseñamos un procedimiento que incluía el desarrollo de tecnologías de amplificación y detección molecular de ARN del virus mucho más sencillas y asequibles que las que se necesitaban hasta el momento”, afirma Aguilar. Sus tecnologías fueron patentadas y cedidas a la Secretaría de Salud de México y permitían que cualquier laboratorio  con equipamiento convencional tuviera capacidad para detectar el avance de la enfermedad.
Pero además de acelerar el diagnóstico, Aguilar estaba decidido a mejorar la capacidad de fabricación de vacunas contra la nueva gripe. El virus pandémico sorprendió a las farmacéuticas inmersas en la producción de las vacunas para la gripe estacional (que causa entre 250.000 y 500.000 muertes cada año en el mundo), y las autoridades sanitarias advirtieron que detener su fabricación para centrarse en la nueva amenaza significaría exponer a la población del hemisferio norte a un riesgo mayor que el que representaba el nuevo virus. En esta situación, la OMS calculaba que las primeras dosis para inmunizar a la población tardarían de cuatro a seis meses en estar listas.
Para Aguilar, este plazo derivado de la limitada capacidad del sistema para hacer frente a un aumento de la demanda amenazaba el suministro de la nueva vacuna, especialmente en los países sin capacidad de fabricación. Ante este problema, el joven investigador propuso el desarrollo de una vacuna recombinante en la que en lugar de utilizar el virus real (que debe ser incubado en embriones de pollo) se utilizara solo su información genética para producir -en un sistema bacteriano- la proteína necesaria para la vacuna. “De esta forma se requiere menor control de bioseguridad, se puede generar proteína en mayores cantidades en caso de pandemia, y a un precio y en un tiempo menor”, asegura Aguilar.